Emprender una empresa a nivel global
Hace algunos años, mientras revisaba una negociación con un cliente que estaba a miles de kilómetros de distancia, me quedé pensando en algo que habría parecido imposible cuando comencé: ¿cómo puede una empresa que nació prácticamente desde cero terminar haciendo negocios más allá de sus fronteras?
La respuesta no está únicamente en tener dinero, contactos o una gran infraestructura.
Está en atreverse a pensar diferente.
Cuando uno empieza una empresa, bastante tiene con conseguir los primeros clientes, pagar las primeras facturas y lograr que el negocio sobreviva. Hablar de mercados internacionales parece entonces una conversación reservada para las grandes corporaciones.
Yo también lo pensé.
Después de más de 20 años construyendo empresas, de participar en el crecimiento de organizaciones con más de 400 colaboradores y de desarrollar un grupo empresarial relacionado con metales, insumos y diferentes líneas de negocio, aprendí que una empresa no se vuelve global el día que abre una oficina en otro país; comienza a ser global el día que cambia la manera de pensar de quien la dirige.
Como dijo Steve Jobs: “Las personas que están lo suficientemente locas como para pensar que pueden cambiar el mundo son las que lo hacen.”
El mundo es mucho más grande que tu mercado actual.
Uno de los errores más comunes que veo en empresarios que están comenzando es pensar demasiado pequeño.
No porque les falte ambición, sino porque están concentrados en resolver el presente.
Y es lógico.
Primero hay que vender. Después cobrar. Luego contratar. Después organizar procesos. Y cuando finalmente parece que todo empieza a funcionar, aparece una nueva pregunta: ¿hasta dónde puede llegar esto?
Ahí empieza una nueva etapa.
Emprender globalmente no significa necesariamente abrir una sucursal en otro continente. Puede comenzar con un cliente extranjero, un proveedor internacional, una venta digital, una alianza estratégica o incluso con la capacidad de competir con productos que llegan desde otros países.
La clave está en construir una empresa que pueda crecer más allá de la persona que la fundó.
Porque si todo depende de ti, tienes un autoempleo sofisticado.
Si los procesos, las personas, la marca y la cultura pueden funcionar y crecer contigo, entonces estás construyendo empresa.
No construyas una empresa para tu ciudad; constrúyela para el mundo
Peter Drucker decía: “La mejor manera de predecir el futuro es crearlo.”
Esa frase resume perfectamente lo que significa pensar en grande.
Cuando estás comenzando, no necesitas tener presencia en 20 países. Necesitas desarrollar algo que pueda ser relevante en uno, y que tenga la posibilidad de serlo en diez.
Eso exige calidad, procesos, tecnología, talento, servicio y, sobre todo, una mentalidad que no se conforme.
He aprendido que crecer internacionalmente no consiste solamente en vender más. Consiste en elevar el estándar de lo que haces.
Y ese cambio comienza mucho antes de cruzar una frontera.
Comienza cuando dejas de preguntarte “¿quién me va a comprar?” y empiezas a preguntarte:
“¿Qué tendría que construir para que alguien, en cualquier parte del mundo, quiera hacer negocios conmigo?”
Si hoy estás emprendiendo y apenas consigues tus primeras ventas, no te preocupes si todavía estás lejos del mercado internacional.
Todos los grandes negocios comenzaron atendiendo a alguien.
Lo importante es que, mientras construyes ese primer mercado, no limites tu visión al lugar donde estás parado.
Autor: Leonardo Gómez
Empresario, emprendedor y siempre amante de los retos. Amo escribir y aportar al crecimiento empresarial un granito de arena con estos artículos.

